Lenin: 1902: Breves enseñanzas del ¿Qué hacer?
NOS FALTA GENTE Y GENTE HAY MUCHISIMA
No, la sociedad promueve un número extremadamente grande
de personas aptas para la "causa", pero no sabemos utilizarlas
a todas. En este sentido, el estado crítico, el estado
de transición de nuestro movimiento puede formularse del
modo siguiente: nos falta gente, y gente hay muchísima.
Hay infinidad de hombres porque tanto la clase obrera como sectores
cada vez más diversos de la sociedad proporcionan año
tras año, y en cantidad creciente, descontentos que desean
protestar y que están dispuestos a contribuir cuanto puedan
a la lucha contra el absolutismo, cuyo carácter insoportable
no comprende aún todo el mundo, aunque masas cada día
más vastas lo perciben más y más. Pero, al
mismo tiempo, no hay hombres porque no hay dirigentes, no hay
jefes políticos, no hay talentos organizadores capaces
de realizar una labor amplia y, a la vez, indivisible y armónica,
que permita emplear todas las fuerzas, hasta las más insignificantes.
"El crecimiento y el desarrollo de las organizaciones revolucionarias"
se rezagan no sólo del crecimiento del movimiento obrero,
cosa que reconoce incluso B-v, sino también del crecimiento
del movimiento democrático general en todos los sectores
del pueblo. (Por lo demás, es probable que B-v consideraría
hoy esto un complemento a su conclusión.) El alcance de
la labor revolucionaria es demasiado reducido en comparación
con la amplia base espontánea del movimiento, está
demasiado ahogado por la mezquina teoría de la "lucha
económica contra los patronos y el gobierno". Pero
hoy deben "ir a todas las clases de la población"
no sólo los agitadores políticos, sino también
los organizadores socialdemócratas (1). No creo que ni un
sólo militante dedicado a la actividad práctica
dude que los socialdemócratas puedan repartir mil funciones
fragmentarias de su trabajo de organización entre personas
de las clases más diversas. La falta de especialización
es uno de los mayores defectos de nuestra técnica que B-v
deplora con tanta amargura y tanta razón. Cuanto más
menudas sean las distintas "operaciones" de la labor
general, tantas más personas capaces e llevarlas a cabo
podrán encontrarse (y, en la mayoría de los casos,
totalmente incapaces de ser revolucionarios profesionales) y tanto
más difícil será que la policía "cace"
a todos esos "militantes que desempeñan funciones
fragmentarias", tanto más difícil será
que pueda montar con el delito insignificante de un individuo
un "asunto" que compense los gastos del Estado en el
mantenimiento de la policía política. Y en lo que
respecta al número de personas dispuestas a prestarnos
su concurso, hemos señalado ya en el capítulo precedente
el cambio gigantesco que se ha operado en este aspecto durante
los cinco años últimos. Pero, por otra parte, para
agrupar en un todo único esas pequeñas fracciones,
para no fragmentar junto con las funciones del movimiento el propio
movimiento y para infundir al ejecutor de las funciones menudas
la fe en la necesidad y la importancia de su trabajo, sin la cual
nunca trabajará (2), para todo esto hace falta precisamente
una fuerte organización de revolucionarios probados.
(1) Entre los militares, por ejemplo, se observa en los últimos
tiempos una reanimación indudable del espíritu democrático,
en parte a causa de los combates de calle, cada vez más
frecuentes, contra "enemigos" como los obreros y los
estudiantes. Y en cuanto nos lo permitan nuestras fuerzas, deberemos
dedicar sin falta la mayor atención a la labor de agitación
y propaganda entre los soldados y oficiales, a la creación
de "organizaciones militares" afiliadas a nuestro partido.
(2) Recuerdo que un camarada me refirió un día que
un inspector fabril, que había ayudado a la socialdemocracia
y estaba dispuesto a seguir ayudándola, se quejaba amargamente,
diciendo que no sabía si su "información"
llegaba a un verdadero centro revolucionario, hasta qué
punto era necesaria su ayuda ni hasta qué punto era posible
utilizar sus pequeños y menudos servicios. Todo militante
dedicado a la labor práctica podría citar, sin duda,
más de un caso semejante, en que nuestros métodos
primitivos de trabajo nos han privado de aliados. ¡Pero los
empleados y los funcionarios podrían prestarnos y nos prestarían
"pequeños" servicios, que en conjunto serían
de una valor inapreciable, no sólo en las fábricas,
sino en correos, en ferrocarriles, en aduanas, entre la nobleza,
en la iglesia y en todos los demás sitios, incluso
en la policía y hasta en la Corte! Si tuviéramos
ya un verdadero partido, una organización verdaderamente
combativa de revolucionarios, no arriesgaríamos a todos
esos "auxiliares", no nos apresuraríamos especialmente
a personas para esas funciones, recordando que muchos estudiantes
podrían sernos más útiles como funcionarios
"auxiliares" que como revolucionarios "a breve
plazo". Pero, vuelvo a repetirlo, sólo puede aplicar
esta táctica una organización completamente firme
ya que no tenga escasez de fuerzas activas.